Travesía

Navegar solo. No se requiere de más compañía. Saludar, al cruzarse, a otros navegantes solitarios, incluso a los navíos de alto bordo, si es que a ello se avienen. Vueltas y vueltas. Continua singladura. Se acabará el mundo pero no la soledad. ¿Dónde por fin la Hesperia última? La soledad me baste. Vueltas y más vueltas. Navíos de alto bordo que se cruzan, ajenos y altaneros, atentos a sus fiestas de guirnaldas y luces y estallidos de corcho, o a la cerrada gravedad de su importante cargamento. Y más, más navegantes solitarios, que abren el mar a ras de mar, a la altura de ballenas y delfines, abriendo humildes surcos espumosos en la piel acerada del abismo. No pensar en que es abismo. Ingastable cantera de desesperación. Inagotable mina de frialdad y asfixia, en cuyo seno inconcebible aguarda el apretón supremo de la nada. La soledad me basta.